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La baja natalidad no se resuelve con discursos, sino con un país donde valga la pena formar una familia

Las cifras de natalidad en Chile siguen cayendo y el debate público parece sorprendido. Se multiplican los seminarios, los diagnósticos y las mesas de trabajo para entender por qué los chilenos ya no quieren tener hijos. La verdadera pregunta, sin embargo, es mucho más simple: ¿quién, en su sano juicio, decide traer un hijo al mundo cuando el futuro económico es tan incierto?

Ningún gobierno puede esperar que aumenten los nacimientos mientras el desempleo bordea el 10%, la economía permanece estancada y miles de familias viven con el temor permanente de perder su fuente laboral. Tener un hijo es una decisión que requiere estabilidad, proyección y confianza en el futuro. Justamente tres elementos que hoy escasean.

La baja natalidad es un fenómeno multifactorial. Influyen los cambios culturales, el acceso a métodos anticonceptivos, las prioridades personales y la incorporación de la mujer al mercado laboral. Pero reducir el problema exclusivamente a esos factores es ignorar una realidad evidente: las condiciones materiales importan, y mucho.

Criar un hijo en Chile es cada vez más caro. Los costos de vivienda, alimentación, transporte y educación representan una carga enorme para las familias de clase media. La educación pública sigue sin recuperar plenamente la confianza de muchos padres, mientras que acceder a una educación particular o subvencionada de calidad implica un gasto que no todos pueden asumir. A ello se suma un sistema hospitalario público que continúa enfrentando listas de espera, déficit de especialistas y una infraestructura que dista mucho de entregar tranquilidad a quienes están pensando en formar una familia.

La seguridad tampoco es un aspecto menor. Muchos padres ya no sienten que sus hijos puedan jugar tranquilos en una plaza o caminar solos al colegio. La delincuencia ha cambiado la forma de vivir de miles de familias. Y cuando el miedo se instala como parte de la vida cotidiana, tener hijos deja de verse como un proyecto ilusionante para convertirse en una preocupación adicional.

Resulta contradictorio que desde el Estado se manifieste preocupación por el envejecimiento de la población mientras las políticas públicas no generan un entorno favorable para que las familias crezcan. No basta con campañas comunicacionales ni con llamados a la responsabilidad demográfica. Las personas responden a los incentivos y, sobre todo, a las condiciones reales en las que viven.

Un país que no genera empleo, que crece poco, donde el costo de la vida aumenta más rápido que los ingresos y donde la incertidumbre domina las decisiones familiares difícilmente podrá revertir su crisis demográfica.

Si realmente existe preocupación por la baja natalidad, la discusión debería comenzar por donde corresponde: crecimiento económico sostenido, creación de empleos de calidad, mayor seguridad ciudadana, una educación pública que vuelva a ser motivo de orgullo y un sistema de salud capaz de atender oportunamente a quienes deciden formar una familia.

Mientras esas condiciones no existan, pedir a los chilenos que tengan más hijos es desconocer la realidad que viven millones de personas. Porque los hijos no nacen de los discursos ni de las buenas intenciones. Nacen cuando existe la esperanza de que el futuro será mejor que el presente.

Y esa esperanza no se decreta desde La Moneda. Se construye con políticas públicas que devuelvan la confianza, la estabilidad y las oportunidades que hoy muchos sienten haber perdido.

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